Social

INSTITUCIONES, TOLERANCIA Y EL SER HUMANO

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June 9, 2008

29 Aniversario del inicio de la INSURRECCIÓN FINAL en Managua (1979 – 2008)

Un día creí que lo más importante eran las INSTITUCIONES, esa cosa abstracta y a la vez tangible de normas, procedimientos, regulaciones, facultades e infraestructura técnica y política, en donde las personas: jefes, funcionarios y empleados trabajan. Ha sido común escuchar: “lo primero es la empresa, el organismo, la entidad, el partido”. Asumí eso como una verdad que hoy cuestiono. Lo principal no es la tecnología ni el conocimiento ni el poder ni la riqueza. Todo eso es importante, útil para lograr fines que no pueden ser ajenos al ser humano, al hombre y la mujer. Pero, por si solos no son nada, pueden ser usados para construir, engrandecer y crecer o para destruir, padecer y extinguirse. El fin no es la ley, el código, el edificio, el equipamiento, el mecanismo, la bandera, la consigna… Por encima de todo eso, está lo principal, lo fundamental es la gente, la persona, el ser humano con su transitoriedad que yace allí, vive y siente, piensa y recuerda, cree y olvida, goza o sufre, odia y ama, nace y muere. Si lo principal es eso y no lo otro, todo aquello: normas, estructuras, órganos, instituciones, debe hacerse pensando en el ser humano, como fin último y principal, y no en la cosa misma que suele volverse, equivocadamente en el propósito. Una empresa, institución, partido, agrupación, organización que atropella a la gente, que pasa por encima de ellas, no puede ser legítima, por mucho poder que tenga, por muy antigua que sea, algo no anda bien, ALGO DEBE ESTAR AL REVES. Tengo que reconocer que muchas de ellas suelen olvidarse del individuo, personal y colectivo, asumen su representatividad absoluta y, revestidos de la autoridad delegada, impuesta, asumida, heredada o auto atribuida, hacen y deshacen en el nombre de todos sin tomar en cuenta a nadie. Usan el nombre de la ley, de Dios, del pueblo, de la verdad… todo ello con sus definiciones particulares hechas a la medida del “hechor”. El ser humano ha creado las organizaciones y las organizaciones se han comido al ser humano. La sociedad ha creado sus instituciones y las instituciones se han olvidado de quienes integran la sociedad. La tecnología y la ciencia, que deberían facilitar la vida humana, mejorar la existencia temporal que nos es inseparable, facilitan la destrucción, absorben a la persona entre los circuitos electrónicos, los hilos del autoritarismo, la publicidad, el mercado y el poder económico cada vez mas concentrado. Sólo unos pocos, arropados de la representatividad absoluta desde el control político, económico, social y religioso, han hecho y deshecho, aquí y allá, ahora y antes. El resto, el mayoritario resto se ha quedado atrás, asombrado y anulado, no ha visto pasar aquello que en su nombre se hace, aquello que quien le representa asume como de todos, a pesar que sabe, es únicamente lo propio. La “democracia” en su amplio espectro de conceptualizaciones, ha sido con frecuencia en la vida real, una “falacia”, una caricatura, a pesar de lo dicho desde “La República” de Platón, pasando por “La utopía” de Moro, Rousseau, Mark, Lenin… y llegando a nuestras constituciones política y leyes electorales, diseñadas y rediseñadas a la medida de quienes puedan.

 

Hay instituciones en las que se atrinchera la intolerancia, la forma, la apariencia y se olvida el fondo, el fin, el consenso, la diferencia. Suele ser mucho más tolerante el ateo o agnóstico, que aquel que asume los dogmas católicos, cristianos, musulmanes o judíos. En el fondo de esa fe hay una verdad que se olvida, la forma cubre todo el entorno y el que es asimilado por un pensamiento religioso suele rechazar al otro, se exacerban las diferencias de hoy y desde siempre, desde las Cruzadas hasta la Guerra Santa, la Colonización, los fundamentalismos religiosos de diversas corrientes, con distintos dioses, mitos, ritos e investiduras, sin distinción, imponen su punto de vista al costo que el poder disponible lo permite. ¿Y la gente dónde esta? Se oculta disfrazada en aquel viejo discurso político gastado que algún gobernando solía invocar: “En el nombre de Dios y Nicaragua…”. El individuo común se refugia en la sobrevivencia, con sus dudas y certezas, con su soledad en medio de la multitud, se olvida quien es y para qué existe.

 

Suele ser más tolerante quien no tiene militancia partidaria orgánica, no matricula su voluntad y opinión al dictado disciplinado de una corriente que, aglutinada bajo un liderazgo, suele someter el pensamiento y la acción, con comunes exclusiones, rechazando u odiando al adversario, condenándolo al aislamiento, descalificándolo, excluyéndolo, silenciándolo. Esa ha sido la tradición del poder impuesto, tradicional y conservador… Hay en su lenguaje un tono de desprecio, ofensivo; generaliza, ataca, acusa, encarcela, ofende, se olvida del ser humano que permanece en la otra trinchera de la opinión política, religiosa o social. Si tiene el poder para hacerlo, lo aplasta, física y moralmente.

 

Soy un ser humano, en la simpleza y complejidad que implica serlo. Soy nicaragüense, más que como un asunto jurídico de nacionalidad, como un producto histórico, social, cultural y genético, que me es inseparable y sobre el cual no fui consultado, pero soy, lo asumo, en toda la magnitud de cuanto significa. Soy sandinista, sin apellidos, desde mi convicción a partir de la historia y mi compromiso de hace mas de treinta años, para mi ¡Sandino vive! Desde la Revolución de Julio y hoy, a pesar de las decepciones y fracasos, la tarea inconclusa formulada con ilusiones de un mundo soñado: “mañana, hijo mío, todo será distinto”, sin exclusiones, como una manera de entender nuestra historia e identidad, como una manera de abordar el presente y emprender el futuro. Cuando veo a miles de simpatizantes o militantes de una u otra corriente hablar, movilizarse y hacer con entusiasmo, entiendo en ellos compromiso, búsqueda y esperanza, matices contradictorios; no puede ser que se rechace al distinto inspirado en un fanatismo fundamentalista o “aprovechado”. Veo con angustia como amigos, hermanos, correligionarios, compañeros, compatriotas de antes, se insultan y denigran hoy, se degradan mutuamente desde “su verdad”, agotando el tiempo, consumiendo la energía en un mundo contemporáneo que nos es adverso en medio de nuestra escasez en donde somos uno de los cuarenta países más pobres y endeudados del mundo, cuatro de los latinoamericanos junto a Haití, Honduras y Bolivia.

 

No me siento ajeno a los criterios de ninguna otra corriente política, puedo interpretar mis diferencias con ellos, con liberales, conservadores, socialcristianos, sandinistas y aquellos que no tienen bandera, pero llevan “buena voluntad”, encuentro lo que nos separa y puede ser que no acepte sus enfoques o acciones, rechazo el abuso, la imposición interna y externa, el oportunismo; trato de comprender las diferencias, las debato, cuando se puede, acepto razones si las hay, escucho, comprendo con flexibilidad, que detrás de todo, hay mucho mas que instituciones, grupos, organizaciones, normas, manuales, hay personas, seres humanos, individuos, independientemente de su nacionalidad, estatus y nombre, afiliación y forma de pensar, como yo y usted, distintos y a la vez con tantas similitudes. Mi opción preferencial, como antes, sigue siendo la misma, ¿Dónde está la gente, la gente común, los más vulnerables? Por ellos, para ellas quisiera un mundo distinto, también para nosotros, para la mayoría o para todos ¿es posible? La solidaridad tiene una urgencia ética. La historia da vueltas, las oportunidades vienen y van, el tiempo sigue y nosotros aquí.

 

Quiero, desde este breve texto decir lo que he dicho y mucho mas ha quedado pendiente, cada quien lo entenderá con libertad a su manera, en los límites de sus propios prejuicios, no necesariamente como ha sido escrito.

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FRANCISCO JAVIER BAUTISTA LARA
Managua, Nicaragua

Comparto referencias de mis libros y escritos diversos sobre seguridad, policía, literatura, asuntos sociales y económicos, como contribución a la sociedad. La primera versión de esta web fue obsequio de mi querido hijo Juan José Bautista De León en 2006. Él se anticipó a mí y partió el 1 de enero de 2016. Trataré de conservar con amor, y en su memoria, este espacio, porque fue parte de su dedicación profesional y muestra de afecto. Le agradezco su interés y apoyo en ayudarme a compartir.

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