Entre el gremio de curiosos interesados en identificar y entender su pasado se suscribe Francisco Víctor Brachtl Tejada (Managua, 1945), conocido como Frank Brachtl, que, aunque estudió y se dedicó profesionalmente a la ingeniera mecánica y labores similares, también cultivó el interés por la literatura, por la poesía y la historia y, en la oportunidad del retiro que la vida jubilosa le ofreció, se encaminó al oficio de contador de historias que escribe para descubrirse y compartir con entusiasmo lo que encuentra y cuenta.
Son las historias personales y familiares, las experiencias que va percibiendo y las que lo llevan a explorar la genealogía familiar que dio origen a los apellidos que tiene y que representan los vínculos genéticos y la herencia cultural con la que inició su existencia.
El preguntarnos de dónde venimos, es la más obvia, primaria y común de las cuestiones que cada quien debe –si quiere-, resolver. Algunos dejan pasar esa inquietud –o nunca les llega-, y guardan en el subconsciente lo que no saben explicar ni entender, otros, como Frank Brachtl, asumen consientes la búsqueda de esa identidad que parece estar perdida en el pasado pero que se ha transmitido de manera imprecisa de generación en generación y somos, aunque no sepamos, consecuencia de esa descendencia.
Hemos dicho: “somos lo que recordamos”. La memoria no es solo individual, es colectiva, familiar y social. La memoria biográfica, la reconstrucción de la memoria o su deconstrucción, los recuerdos imprecisos que son a veces imágenes, emociones fugaces, miedos indefinidos, comportamientos y actitudes inexplicables o indeterminados optimismos y aquellos que se van aclarando a la manera que cada quien asume y entiende según las experiencias en el camino que recorre, son los que van conformando la identidad –que no es homogénea ni estática-, y le van dando significado a nuestra existencia perecedera, que vista en perspectiva, es tan solo cambiante e imperecedera.
Llegando a la octogenaria edad de la lucidez serena cuando ya no es necesario pedir disculpas ni reprimir lo que se es, lo que se quiere hacer y decir. Frank es un hombre elegante de vestir cuidado y de ecuánime solemnidad natural, pudo haber sido, -si por las apariencias nos dejamos llevar-, diplomático o catedrático, -de los de antes-, muestra en su compostura la nobleza de la sencillez, la ingenuidad del niño y la franqueza del amigo, evidencia la capacidad de escuchar y guardar silencio, de caminar pausado a pesar que a veces se le ocurre, aunque sea inútil, ir de prisa, es de los que busca la perfección para terminar aceptando la imperfección humana que nos es necesaria e inseparable, es de quienes se obsesiona con lo que se le cruza por la cabeza y le resulta difícil dejar o soltar hasta que no se agotan las posibilidades de lo que parece imposible, de los que siempre tienen algo que hacer, algo a qué dedicarse, algo más que debe buscar y hallar. El que busca, encuentra, es lo que se dice y se sabe, y parece que es en lo que él, en el conjunto de sus creencias, en las dudas y las certezas de la fe, también cree.
En su libreta de apuntes o esa especie de bitácora de la vida que le acompaña, van quedando grabadas las impresiones de lo que sucede según lo percibe, sin importar de cómo en realidad ocurran. ¿Qué importa saber cómo fueron las cosas si la memoria emocional y mental las asumió de una manera propia y de allí se derivaron las consecuencias del presente y del devenir? Fue así como se asumió y sintió.
La memoria es evocada y determinada por personas y lugares, olores y sabores, sonidos y circunstancias. Para recordar hay que volver a los acontecimientos o imaginarlos, hay que ver y percibir, hay que escuchar y guardar silencio, hay que informarse, leer, hablar, sentir, observar y creer. Frank Brachtl viajó, tocó, olió, sintió, leyó y creyó. Es la ilusión por descubrir para pensar y sentir lo que fueron e hicieron los predecesores, lo que llevaron consigo y lo que, del pasado, va quedando.
Antes escudriñó sobre los Tejada, el apellido que le heredó su madre, ahora una vez más sobre los Brachtl. Estuvo, según dice, en Temerín, localidad de la antigua Yugoslavia, hoy Serbia, en donde nació su padre en 1900. Viajó hasta Sibin, Transilvania, actual Rumanía, desde donde, con ese apellido de resonancia germana, según dice tuvo noticias, vinieron para asentarse en Europa del Este y Central hace casi ocho siglos, procedían, de Renania (Alemania), Turingia, el lugar de origen.
Viajar y descubrir para descubrirse y conocerse, para identificarse y agregar a la propia experiencia la ajena, es lo que las averiguaciones de Frank permiten para él y su descendencia, para la época que le ha tocado vivir y para las generaciones que siguen y nos dejan atrás.
Frank, después de invitarme a leer su texto, me ha pedido que escriba unos breves comentarios. Con gusto, habiendo aprendido de la lectura realizada, comparto estas modestas líneas para el libro que con dedicado interés nos comparte. Gracias.

